10.09.2011

La reina del Plata.

Texto de Laura Ese

El frío no era tanto. El sol mucho. Una briza para mi helada recorría las calles de Buenos Aires y yo con ella. Ataviada con gorro, guantes, botas y polainas salí a caminar por Buenos Aires. 
Siendo argentina no había tenida antes la oportunidad de hacerlo como lo hice ahora luego de 9 años de estar viviendo fuera del país.
Me dispuse a dejarme llevar por los olores y aromas de esta ciudad de calles amplias, avenidas super anchas, plazas engalanadas por banderas blanquicelestes y estatuas y monumentos, la mayoría regalos de países hermanos y otros madres-tierra en el primer centenario de la independencia en 1910.
Caminando por calle Florida, recién bañada y acicalada por los servicios de limpieza de la ciudad, esta se despereza de una noche tranquila, algo ruidosa y avejentada como unos labios que cada vez besan menos. Llegué  a la plaza de Mayo. 


Plaza de mayo
Mirando hacia el suelo los pañuelos blancos dibujados por no se quien, me recuerdan la memoria viva que tiene este país hacia los desaparecidos de las décadas del 60 y 70. 
Pañuelos pintados de las abuelas de plaza de mayo




Detrás mio algo me rozaba el hombro y al girarme y mirar, el Cabildo era quien me llamaba tocandome con sus balcones y galerías semejantes a  muñones vendados por el recorte tajante de sus brazos que antes contaba con cinco arcos a cada lado y ahora solo con dos para que discurran las calles Hipolito Yrigoyen y Rivadavia. 
Cabildo
También a unos pasos de mí, se disputaba mi atención la casa Rosada, sede del poder Ejecutivo. Su estilo neoclásico sufrió varias modificaciones  a lo largo de sus siglos de vida y una de ellas se la debemos al arquitecto Tamburini reconocido por su trabajo con el teatro Colón principalmente.