Texto de Laura Ese
El frío no era tanto. El sol mucho. Una briza para mi helada recorría las calles de Buenos Aires y yo con ella. Ataviada con gorro, guantes, botas y polainas salí a caminar por Buenos Aires.
Siendo argentina no había tenida antes la oportunidad de hacerlo como lo hice ahora luego de 9 años de estar viviendo fuera del país.
Me dispuse a dejarme llevar por los olores y aromas de esta ciudad de calles amplias, avenidas super anchas, plazas engalanadas por banderas blanquicelestes y estatuas y monumentos, la mayoría regalos de países hermanos y otros madres-tierra en el primer centenario de la independencia en 1910.
Caminando por calle Florida, recién bañada y acicalada por los servicios de limpieza de la ciudad, esta se despereza de una noche tranquila, algo ruidosa y avejentada como unos labios que cada vez besan menos. Llegué a la plaza de Mayo.
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| Plaza de mayo |
Mirando hacia el suelo los pañuelos blancos dibujados por no se quien, me recuerdan la memoria viva que tiene este país hacia los desaparecidos de las décadas del 60 y 70.
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| Pañuelos pintados de las abuelas de plaza de mayo |
Detrás mio algo me rozaba el hombro y al girarme y mirar, el Cabildo era quien me llamaba tocandome con sus balcones y galerías semejantes a muñones vendados por el recorte tajante de sus brazos que antes contaba con cinco arcos a cada lado y ahora solo con dos para que discurran las calles Hipolito Yrigoyen y Rivadavia.
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| Cabildo |
También a unos pasos de mí, se disputaba mi atención la casa Rosada, sede del poder Ejecutivo. Su estilo neoclásico sufrió varias modificaciones a lo largo de sus siglos de vida y una de ellas se la debemos al arquitecto Tamburini reconocido por su trabajo con el teatro Colón principalmente.


