Texto: Gustavo Minguela
(extracto de 'Las aventuras de Mariano el marciano', el libro que nunca se ha escrito)
Diario de a bordo. Fase 3. Galicia, la piedra y el mar.
Es curioso. Es
entrar en Galicia y ya llueve y el cielo es plomizo y gris. Primera parada. En
Santiago de Compostela se respira su larga e importante historia en la humedad,
en la lluvia y en la bruma pegada a las piedras inmemoriales que las hace
añejas, gastadas, pero al mismo tiempo, guardianas inmutables de secretos que
los tiempos antiguos dejaron para los modernos. Esas mismas piedras evocan
tiempos donde las estrellas guiaban a los hombres, donde los esfuerzos e
ingenio del hombre servían a la gloria de Dios y la iglesia, donde la cultura y
la sabiduría se refugiaban detrás de gruesos muros, donde el pueblo era
temeroso de Dios y le rezaba en lujosas catedrales que elevaban las plegarías
al cielo. Todos los rincones en Santiago parecen tener un significado mágico o
místico, donde los viajeros de hoy finalizan su larga peregrinación, cada uno
en busca de algo que dé sentido a ese esfuerzo, en busca de sí mismos en la
mayoría de los casos. A causa de ese trasiego continuo de peregrinos, la ciudad
nunca perdió su atmósfera y su sentido. Y Zacarías, ¿qué buscaba?
Miro en la Oficina
del Peregrino buscando en el archivo de compostelanas concedidas el nombre de
Zacarías. Efectivamente, ahí está. No hace mucho que llegó. Pero… ¿y ahora?
Salgo
desesperanzado, cansado y harto de este peregrinar mío infructuoso, sin
credencial ni compostelana de recompensa. Camino por las calles del casco viejo,
sobre las milenarias losas húmedas de granito y como suele pasar en las
películas de Hollywood, aparece un milagro en el último momento. Al final de la
calle, una chica joven me está mirando. Aunque estoy a cierta distancia y la
gente se cruza por entre nosotros, ella no aparta la mirada. Es indudable que
me mira a mí. Es bella, muy bella. Me acerco. Su mirada no inspira temor, es
segura y dulce al tiempo. Y yo con estos pelos y sin afeitar…“Sé quién eres y
lo que buscas” me suelta a bocajarro. “Reconozco a los extraterrestres, aunque
no vayáis de verde. Sé que buscas a uno de tu planeta. Lo conozco, te llevaré
con él...” Me quedo estupefacto, como podrán entender. “Cómo te llamas,
¿Scully?, por cierto, no he comido aún, te invito a mejillones” Intento hacerme
el gracioso, aunque sé que la cago siempre. “No, me llamo Lúa, ¿me subirás a la
nave?” “No, es un Ibiza de alquiler”. Asiente, algo decepcionada… A la compañía
de una bella terrícola (¿será terrícola?) nunca supe decir que no. Qué voy a
hacerle yo, si me gusta el whisky sin soda.
La misteriosa Lúa
me guía. Me lleva a la región de la desembocadura del Miño, fronteriza con Portugal,
donde el destino me arrastra entregado a las locuras de Zacarías (y a las mías
también). Paisajes de ensueño. Desde el monte de Santa Tecla se puede ver como
el Miño se entrega al mar reposado y tranquilo, como el que ya ha hecho en la
vida todo lo que quería hacer. La catedral de Tuy, de aire solemne y pose de
vigía, al lado del Miño y frente a Portugal. La ciudad fortaleza de Valença do
Miño, en Portugal, donde a pesar de que sólo un puente la separa de España, ya
se puede oler el bacalao y el vino de Oporto, ya se ve el colorido de los
tejidos de los vendedores, ya se escucha ese habla dulce del país vecino. La
costa entre Baiona y A Guarda, salvaje y abrupta, donde el océano se abre y se
hace infinito. La gran ciudad de Vigo, industrial y marinera, donde se paladean
todos los sabores del mar…
En lo profundo de
la Galicia se sigue respirando un mundo rural casi idílico. Sigue habiendo
caballos salvajes corriendo por los montes. Las meigas siguen ocultándose en
los bosques. Me detengo, o es Lúa la que me detiene, en una cabaña al pie de un
río de aguas increíblemente transparentes. Cae una lluvia perfecta, constante,
fina, que no molesta, pero que cala. Profundo. Me desplomo en un sofá. Estoy
tan cansado que aunque me propusiera algo creo que me negaría. Pregunto por
Zacarías. De repente, me mira extrañada. Indecisa, con voz temblorosa pregunta
“¿Zacarías? Me da a beber un precioso brebaje, lo llama crema de orujo. Está
delicioso. Ella se sirve. “¿Sabes? Me gustan los marcianos. Sois…tan raros,
jiji, y esa cosita…verde… jiji, los vampiros también me gustan mucho. ¿Has
visto True Blood?, jiji, pensarás que soy muy rara…jiji, quiero que me contéis
lo que sabéis… ” Pero algo me tiene nublado, esta crema de orujo, esta lluvia, el
sonido de las ramas de los árboles meciéndose, la dulzura de Lúa, me he
olvidado de Zacarías, de Babia y de todo…dame más licor de éste, Lúa…el rumor
de la lluvia y el río se funden y me abrazan…
Me despierto muy
lentamente. Primer balance de daños: ligera resaca, llevo los pantalones
puestos. ¿Qué ha pasado? Ni rastro de Lúa. Efectivamente, la luna al amanecer
se fue. Debí haberlo imaginado. Me asomo a la puerta. Nadie. Todo parece
normal. Los vecinos se intercambian los productos de su huerto y de sus
animales, con un sentido de comunidad que me deja reconfortado en estos tiempos de capitalismo salvaje. Aquí
será donde me jubile, pienso. No obstante, intuyo que hay ojos que te ven,
aunque tú no los veas, que hay cortinas que se entreabren buscando al extraño,
que las lenguas están ya elucubrando sobre ti y que los saludos aparentemente
inocentes de los vecinos están buscando saber que ocurre dentro de esta
casa…Lúa, Lúa…¿era una bruixa?¿una meiga? Fue un sueño, una invención de mi enferma
mente, una mala broma del destino. El Ibiza sigue en su sitio. Hay una nota en
la puerta de la casa. Dice: “¿no tienes ganas de volver a casa?”. Hombre, pues
sí, un poco, echo de menos a mis amigos, nuestras locuras, las cenas con vino y
ron, la conversación amena… ¡cállate, marciano estúpido! ¡Zacarías está en
casa…está en BABIA!!
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