9.19.2011

Sidra, zuritos y mejillones. Misión el norte (en 4 fases). 3ª fase.


Texto: Gustavo Minguela
(extracto de 'Las aventuras de Mariano el marciano', el libro que nunca se ha escrito)

Diario de a bordo. Fase 3. Galicia, la piedra y el mar.
Es curioso. Es entrar en Galicia y ya llueve y el cielo es plomizo y gris. Primera parada. En Santiago de Compostela se respira su larga e importante historia en la humedad, en la lluvia y en la bruma pegada a las piedras inmemoriales que las hace añejas, gastadas, pero al mismo tiempo, guardianas inmutables de secretos que los tiempos antiguos dejaron para los modernos. Esas mismas piedras evocan tiempos donde las estrellas guiaban a los hombres, donde los esfuerzos e ingenio del hombre servían a la gloria de Dios y la iglesia, donde la cultura y la sabiduría se refugiaban detrás de gruesos muros, donde el pueblo era temeroso de Dios y le rezaba en lujosas catedrales que elevaban las plegarías al cielo. Todos los rincones en Santiago parecen tener un significado mágico o místico, donde los viajeros de hoy finalizan su larga peregrinación, cada uno en busca de algo que dé sentido a ese esfuerzo, en busca de sí mismos en la mayoría de los casos. A causa de ese trasiego continuo de peregrinos, la ciudad nunca perdió su atmósfera y su sentido. Y Zacarías, ¿qué buscaba?
Miro en la Oficina del Peregrino buscando en el archivo de compostelanas concedidas el nombre de Zacarías. Efectivamente, ahí está. No hace mucho que llegó. Pero… ¿y ahora?
Salgo desesperanzado, cansado y harto de este peregrinar mío infructuoso, sin credencial ni compostelana de recompensa. Camino por las calles del casco viejo, sobre las milenarias losas húmedas de granito y como suele pasar en las películas de Hollywood, aparece un milagro en el último momento. Al final de la calle, una chica joven me está mirando. Aunque estoy a cierta distancia y la gente se cruza por entre nosotros, ella no aparta la mirada. Es indudable que me mira a mí. Es bella, muy bella. Me acerco. Su mirada no inspira temor, es segura y dulce al tiempo. Y yo con estos pelos y sin afeitar…“Sé quién eres y lo que buscas” me suelta a bocajarro. “Reconozco a los extraterrestres, aunque no vayáis de verde. Sé que buscas a uno de tu planeta. Lo conozco, te llevaré con él...” Me quedo estupefacto, como podrán entender. “Cómo te llamas, ¿Scully?, por cierto, no he comido aún, te invito a mejillones” Intento hacerme el gracioso, aunque sé que la cago siempre. “No, me llamo Lúa, ¿me subirás a la nave?” “No, es un Ibiza de alquiler”. Asiente, algo decepcionada… A la compañía de una bella terrícola (¿será terrícola?) nunca supe decir que no. Qué voy a hacerle yo, si me gusta el whisky sin soda.
La misteriosa Lúa me guía. Me lleva a la región de la desembocadura del Miño, fronteriza con Portugal, donde el destino me arrastra entregado a las locuras de Zacarías (y a las mías también). Paisajes de ensueño. Desde el monte de Santa Tecla se puede ver como el Miño se entrega al mar reposado y tranquilo, como el que ya ha hecho en la vida todo lo que quería hacer. La catedral de Tuy, de aire solemne y pose de vigía, al lado del Miño y frente a Portugal. La ciudad fortaleza de Valença do Miño, en Portugal, donde a pesar de que sólo un puente la separa de España, ya se puede oler el bacalao y el vino de Oporto, ya se ve el colorido de los tejidos de los vendedores, ya se escucha ese habla dulce del país vecino. La costa entre Baiona y A Guarda, salvaje y abrupta, donde el océano se abre y se hace infinito. La gran ciudad de Vigo, industrial y marinera, donde se paladean todos los sabores del mar…
En lo profundo de la Galicia se sigue respirando un mundo rural casi idílico. Sigue habiendo caballos salvajes corriendo por los montes. Las meigas siguen ocultándose en los bosques. Me detengo, o es Lúa la que me detiene, en una cabaña al pie de un río de aguas increíblemente transparentes. Cae una lluvia perfecta, constante, fina, que no molesta, pero que cala. Profundo. Me desplomo en un sofá. Estoy tan cansado que aunque me propusiera algo creo que me negaría. Pregunto por Zacarías. De repente, me mira extrañada. Indecisa, con voz temblorosa pregunta “¿Zacarías? Me da a beber un precioso brebaje, lo llama crema de orujo. Está delicioso. Ella se sirve. “¿Sabes? Me gustan los marcianos. Sois…tan raros, jiji, y esa cosita…verde… jiji, los vampiros también me gustan mucho. ¿Has visto True Blood?, jiji, pensarás que soy muy rara…jiji, quiero que me contéis lo que sabéis… ” Pero algo me tiene nublado, esta crema de orujo, esta lluvia, el sonido de las ramas de los árboles meciéndose, la dulzura de Lúa, me he olvidado de Zacarías, de Babia y de todo…dame más licor de éste, Lúa…el rumor de la lluvia y el río se funden y me abrazan…
Me despierto muy lentamente. Primer balance de daños: ligera resaca, llevo los pantalones puestos. ¿Qué ha pasado? Ni rastro de Lúa. Efectivamente, la luna al amanecer se fue. Debí haberlo imaginado. Me asomo a la puerta. Nadie. Todo parece normal. Los vecinos se intercambian los productos de su huerto y de sus animales, con un sentido de comunidad que me deja reconfortado  en estos tiempos de capitalismo salvaje. Aquí será donde me jubile, pienso. No obstante, intuyo que hay ojos que te ven, aunque tú no los veas, que hay cortinas que se entreabren buscando al extraño, que las lenguas están ya elucubrando sobre ti y que los saludos aparentemente inocentes de los vecinos están buscando saber que ocurre dentro de esta casa…Lúa, Lúa…¿era una bruixa?¿una meiga? Fue un sueño, una invención de mi enferma mente, una mala broma del destino. El Ibiza sigue en su sitio. Hay una nota en la puerta de la casa. Dice: “¿no tienes ganas de volver a casa?”. Hombre, pues sí, un poco, echo de menos a mis amigos, nuestras locuras, las cenas con vino y ron, la conversación amena… ¡cállate, marciano estúpido! ¡Zacarías está en casa…está en BABIA!!

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